Desde hace varios días me está molestando la presencia de un anuncio en la televisión. El anuncio es verdaderamente precioso: con la música del Preludio nº 1 de El clave bien temperado, de J. S. Bach (en versión pianística) de fondo, aparecen imágenes de diferentes cuerpos pintados, o tatuados con motivos relacionados con el texto que, recitado por una sugerente y cálida voz masculina en off, enumera grandes logros y creaciones de la humanidad, en primera persona del plural…
“Inventamos la rueda, descubrimos el fuego, llegamos a la Luna, hicimos el pan y la sal. Inventamos los coches, las motos, los ceros y los unos, los abrazos y el abecedario. Inventamos los barcos, y el calor en invierno, la imprenta, la ciencia y la ficción. Inventamos internet, la radio y el teléfono, las vacunas y la Novena. Hicimos imperios y revoluciones. Inventamos Manhattan, Macondo y el fútbol y a Madame Butterfly. Pintamos a la Maja vestida y desnuda, hicimos catedrales, pirámides, aviones. Inventamos el rock, la penicilina, los telegramas, Dulcinea, el pócker y el mus, los Jardines de Babilonia y hasta Peter Pan. Si hemos sido capaces de todo eso, ¿cómo no vamos a ser capaces de proteger lo que más nos importa?”
Desde el primer momento, la música y el texto nos atrapan: ¿qué anuncian? y cuando al final vemos que la mano con la bola del mundo se transforma en una mano con el logo de Repsol, el asombro no tiene límites: ¡una compañía petrolera! No hará falta que insista en los múltiples desmanes ecológicos producidos por estos “adalides” del amor al planeta y a la humanidad…
Para colmo, la idea de las imágenes parece ser que no es original. En youtube, un usuario comenta que un grupo musical, El Tío Carlos, tiene un vídeo parecido: la fotografía, la iluminación y las imágenes que aparecen pintadas en diferentes partes del cuerpo son sospechosamente parecidas… aquí os lo dejo, a ver qué os parece.
Estos días me ha llamado la atención el anuncio de un coche, en el que se ven distinas partes del mismo transformadas en instrumentos musicales. El anuncio estéticamente está muy logrado, los instrumentos son muy imaginativos y la música me recuerda a la de algunas películas italianas o francesas… es de Craig Richey, autor de bandas sonoras de películas. He dado con el anuncio en youtube (pero ¿hay algo que no esté en youtube?) y os lo dejo aquí en su versión más larga: El instrumento perfecto.
Edición (30 -casi 31- de enero). Gracias al comentario de José Manuel Acuña, Acordeprometeo, he conocido otro anuncio musical verdaderamente espectacular. Este no es de coches, sino de cerveza, y los músicos sí que son reales: se trata de la Orquesta Sinfónica de Melbourne. Lo pongo aquí porque en el comentario habrá quien se lo pierda, y de verdad que merece la pena. ¡Gracias, José Manuel!
En el año 1953, la mítica Marilyn Monroe nos cantaba Diamonds are a girl’s best friend (Los diamantes son los mejores amigos de las chicas) en la comedia de Howard Hawks Gentelmen prefer blondes (Los caballeros las prefieren rubias):
La evolución de la estética audiovisual en estos 50 años es más que evidente. Lo que es una lástima es que no hayamos evolucionado en todo lo demás: el papel que desempeñan las mujeres, ni en la idea superficial, machista, materialista… que transmite la letra de la canción. Lo que en una comedia, un mero entretenimiento que se ve una sola vez, puede resultar simpático, cuando es repetido una y otra vez durante más de un mes, a mí me parece hasta molesto.
Sólo doy gracias por el bajo nivel de inglés de nuestros jóvenes, pues a todos los que he preguntado sobre el anuncio no tenían ni idea de lo que significa el texto…
Brahms… pocas melodías hay, de los miles, millones, trillones de melodías que se han escrito o pensado en el mundo, que puedan competir en capacidad de transmitir emociones, en belleza, en humanidad, en embrujo, en sensibilidad… con las melodías compuestas por Johannes Brahms. Son depositarias de tanta entidad, tanto peso, que se abren paso sin necesidad de empujar, gritar o fingir. Se alzan, se elevan por su propia personalidad y se quedan ahí, convenciendo y enamorando con su sobriedad, con su infinita perfección.
De entre todas las numerosas melodías que compuso, hay una especialmente sobrecogedora. Es el tema del tercer movimiento de su tercera sinfonía. Estos días anda por ahí en la tele una y otra vez, ya que la han utilizado como música de la campaña de otoño de El corte inglés… bueno, pero no han tomado la música compuesta por Brahms, cuya hermosa melodía es completada por una armonización, orquestación, estructura formal… que están a la misma altura. No. Han utilizado una versión de Jane Birkin que triunfó en las listas de éxitos allá por los (según mis adolescentes alumnos) remotos años ochenta del siglo XX, concretamente en 1983. Esta cantante se popularizó por tener una voz pequeña, infantil, que contrastaba con el erotismo y la provocación de sus interpretaciones. Así, la canción Baby alone in Babylon toma esta frase de Brahms y en lugar de continuar, ya puestos, con la segunda melodía del movimiento, perfectamente equilibrada, consecuente y contrastante en su radiante modo mayor con la pesadumbre y desolación de la melodía principal… culmina con una nadería, una banalidad absoluta.
Los publicistas de El Corte Inglés, que no son tontos, tan sólo han utilizado para su campaña la parte de Brahms. No soy enemiga de las versiones, ni de la fusión, todo lo contrario. Pero cuando tienen algo que aportar, cuando ofrecen una nueva visión, cuando enriquecen o sacan a relucir aspectos nuevos que quedan oscurecidos u ocultos. Eso se produce en muchas ocasiones, y así la música revive, vive una nueva existencia. Creo que este no es el caso. Os invito a escuchar el Tercer movimiento de la Terera Sinfonía de Brahms, Poco allegretto, en la interpretación de Rafael Kubelik al frente de la Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara. Para que resuene en vuestros oídos la pura belleza en lugar de la pura ñoñería.
Brahms… pocas melodías hay, de los miles, millones, trillones de melodías que se han escrito o pensado en el mundo, que puedan competir en capacidad de transmitir emociones, en belleza, en humanidad, en embrujo, en sensibilidad… con las melodías compuestas por Johannes Brahms. Son depositarias de tanta entidad, tanto peso, que se abren paso sin necesidad de empujar, gritar o fingir. Se alzan, se elevan por su propia personalidad y se quedan ahí, convenciendo y enamorando con su sobriedad, con su infinita perfección.
De entre todas las numerosas melodías que compuso, hay una especialmente sobrecogedora. Es el tema del tercer movimiento de su tercera sinfonía. Estos días anda por ahí en la tele una y otra vez, ya que la han utilizado como música de la campaña de otoño de El corte inglés… bueno, pero no han tomado la música compuesta por Brahms, cuya hermosa melodía es completada por una armonización, orquestación, estructura formal… que están a la misma altura. No. Han utilizado una versión de Jane Birkin que triunfó en las listas de éxitos allá por los (según mis adolescentes alumnos) remotos años ochenta del siglo XX, concretamente en 1983. Esta cantante se popularizó por tener una voz pequeña, infantil, que contrastaba con el erotismo y la provocación de sus interpretaciones. Así, la canción Baby alone in Babylon toma esta frase de Brahms y en lugar de continuar, ya puestos, con la segunda melodía del movimiento, perfectamente equilibrada, consecuente y contrastante en su radiante modo mayor con la pesadumbre y desolación de la melodía principal… culmina con una nadería, una banalidad absoluta.
Los publicistas de El Corte Inglés, que no son tontos, tan sólo han utilizado para su campaña la parte de Brahms. No soy enemiga de las versiones, ni de la fusión, todo lo contrario. Pero cuando tienen algo que aportar, cuando ofrecen una nueva visión, cuando enriquecen o sacan a relucir aspectos nuevos que quedan oscurecidos u ocultos. Eso se produce en muchas ocasiones, y así la música revive, vive una nueva existencia. Creo que este no es el caso. Os invito a escuchar el Tercer movimiento de la Terera Sinfonía de Brahms, Poco allegretto, en la interpretación de Rafael Kubelik al frente de la Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara. Para que resuene en vuestros oídos la pura belleza en lugar de la pura ñoñería.
Hace unos días se lamentaba Antonio Solano, en su muy recomendable blog Re(paso) de lengua, del modo en que los publicistas se habían adueñado de un texto de Cortázar y no habían tenido siquiera la delicadeza de citarlo… planteando un interesante debate acerca del uso que de obras artísticas se hace en la publicidad.
Prácticamente todos los anuncios tienen música, de todo tipo, y jamás se cita su procedencia: nada escapa al oportunismo u oportunidad; a veces es utilizada con gran tino, a veces se aprecia un trato respetuoso, incluso cariñoso… pero en otras ocasiones la música se retuerce, se tergiversa, se manipula: ya se sabe que la realidad que nos muestran los publicistas tiene numerosas lecturas y múltiples facetas, y la música no iba a escapar a sus manejos. Por supuesto que esto debe estar presente, con la misma oportunidad u oportunismo, en nuestras aulas.
Sin tratar de emular las agudas observaciones de Ángel Encinas en su apasionante blog Comunicación Audiovisual, quisiera que escuchárais el modo en que los publicistas se han adueñado de una música bellísima en su afán de vendernos nada menos que… papel higiénico. Se trata de un aria para soprano de la Misa en do menor de Mozart. La primera campaña de Colhogar utilizaba un fragmento mayor que el que se escucha en los anuncios actuales; le alteraron el final, al que se le añadía el eslogan del producto… es el fragmento que ha permanecido en sucesivas campañas, y que todos tenemos grabado en la memoria. De este pequeñísimo fragmento que sirve de jingle a la marca tan sólo se modifica un acorde, pero el cambio es notable: la modulación que hace Mozart nos causa sorpresa, es un final sublime e inesperado. El final del jingle es vulgar, previsible, anodino… Dada la naturaleza del producto anunciado… ¿habrán sido deliberada la banalización? ¿Habrán tratado intencionadamente la música para conseguir que esté más en consonancia con el producto? ¿Será todo esto un inocente fruto del azar? Juzgad por vosotros mismos.
Hace unos días se lamentaba Antonio Solano, en su muy recomendable blog Re(paso) de lengua, del modo en que los publicistas se habían adueñado de un texto de Cortázar y no habían tenido siquiera la delicadeza de citarlo… planteando un interesante debate acerca del uso que de obras artísticas se hace en la publicidad.
Prácticamente todos los anuncios tienen música, de todo tipo, y jamás se cita su procedencia: nada escapa al oportunismo u oportunidad; a veces es utilizada con gran tino, a veces se aprecia un trato respetuoso, incluso cariñoso… pero en otras ocasiones la música se retuerce, se tergiversa, se manipula: ya se sabe que la realidad que nos muestran los publicistas tiene numerosas lecturas y múltiples facetas, y la música no iba a escapar a sus manejos. Por supuesto que esto debe estar presente, con la misma oportunidad u oportunismo, en nuestras aulas.
Sin tratar de emular las agudas observaciones de Ángel Encinas en su apasionante blog Comunicación Audiovisual, quisiera que escuchárais el modo en que los publicistas se han adueñado de una música bellísima en su afán de vendernos nada menos que… papel higiénico. Se trata de un aria para soprano de la Misa en do menor de Mozart. La primera campaña de Colhogar utilizaba un fragmento mayor que el que se escucha en los anuncios actuales; le alteraron el final, al que se le añadía el eslogan del producto… es el fragmento que ha permanecido en sucesivas campañas, y que todos tenemos grabado en la memoria. De este pequeñísimo fragmento que sirve de jingle a la marca tan sólo se modifica un acorde, pero el cambio es notable: la modulación que hace Mozart nos causa sorpresa, es un final sublime e inesperado. El final del jingle es vulgar, previsible, anodino… Dada la naturaleza del producto anunciado… ¿habrán sido deliberada la banalización? ¿Habrán tratado intencionadamente la música para conseguir que esté más en consonancia con el producto? ¿Será todo esto un inocente fruto del azar? Juzgad por vosotros mismos.
Hace unos días se lamentaba Antonio Solano, en su muy recomendable blog Re(paso) de lengua, del modo en que los publicistas se habían adueñado de un texto de Cortázar y no habían tenido siquiera la delicadeza de citarlo… planteando un interesante debate acerca del uso que de obras artísticas se hace en la publicidad.Prácticamente todos los anuncios tienen música, de todo tipo, y jamás se cita su procedencia: nada escapa al oportunismo u oportunidad; a veces es utilizada con gran tino, a veces se aprecia un trato respetuoso, incluso cariñoso… pero en otras ocasiones la música se retuerce, se tergiversa, se manipula: ya se sabe que la realidad que nos muestran los publicistas tiene numerosas lecturas y múltiples facetas, y la música no iba a escapar a sus manejos. Por supuesto que esto debe estar presente, con la misma oportunidad u oportunismo, en nuestras aulas.
Sin tratar de emular las agudas observaciones de Ángel Encinas en su apasionante blog Comunicación Audiovisual, quisiera que escuchárais el modo en que los publicistas se han adueñado de una música bellísima en su afán de vendernos nada menos que… papel higiénico. Se trata de un aria para soprano de la Misa en do menor de Mozart. La primera campaña de Colhogar utilizaba un fragmento mayor que el que se escucha en los anuncios actuales; le alteraron el final, al que se le añadía el eslogan del producto… es el fragmento que ha permanecido en sucesivas campañas, y que todos tenemos grabado en la memoria. De este pequeñísimo fragmento [http://www.mediamax.com/mariandomi/Hosted/colhogar%202.mp3] que sirve de jingle a la marca tan sólo se modifica un acorde, pero el cambio es notable: la modulación que hace Mozart nos causa sorpresa, es un final sublime e inesperado. El final del jingle es vulgar, previsible, anodino… Dada la naturaleza del producto anunciado… ¿habrán sido deliberada la banalización? ¿Habrán tratado intencionadamente la música para conseguir que esté más en consonancia con el producto? ¿Será todo esto un inocente fruto del azar? Juzgad por vosotros mismos.
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